Los  riesgos del gobierno de K

Nada amenaza tanto la continuidad de los regímenes democráticos como gobernar facciosamente, sin establecer canales de comunicación con los opositores, prenda que garantiza la estabilidad del sistema.

Así se entiende la perdurabilidad inglesa y estadounidense y quizás también la chilena.

Se trata, en definitiva, de cumplir con ciertas reglas de juego que aseguran  la legitimidad de ejercicio y cierto margen de tranquilidad jurídica, indispensables para que las sociedades prosperen, al menos desde un punto de vista meramente material. Claro está que, a la larga o a la corta, esto no basta para contener el ímpetu de la revolución cultural que está terminando de liquidar a los pueblos cristianos. (A propósito, felicito a Mr. Bush porque intentó dar rango constitucional, como único matrimonio posible, al conformado por un hombre y una mujer).

En el caso argentino, después de las guerras civiles que finalizaron en 1880, con la federalización de la ciudad de Buenos  Aires, sobrevino la “República conservadora”, que guardaba cierto estilo de conducción: no si ninguneaba a nadie que valiese. Esto permitió un notable desarrollo económico, que no estuvo acompañado, lamentablemente, de una fuerte contrapartida espiritual. El experimento, grosso modo, funcionó  más o menos bien hasta l928, cuando un Irigoyen casi gagá llegó por segunda vez a la Presidencia. La crónica de esos días da cuenta del carácter  empecinadamente partidocrático que prevaleció en el gobierno, convirtiendo al país en un desquicio administrativo y financiero. El general Uriburu - a quien habrá que reivindicar algún día - no hizo más que responder al clamor popular, que exigía el “no va más”.

Por ser no menos faccioso, también cayó Perón, cuyo ensoberbecimiento y ceguera lo condujeron a enfrentarse con la Iglesia. Sin este paso, la revolución de l955 no se hubiese producido. Y si bien es cierto que en agosto de ese año, la oposición pudo expresarse, la primavera duró poco: hasta el día 31, cuando al ”Líder” le salió el indio y exhortó a las turbas a matar, con frase inolvidable: ”Por cada uno de los nuestros que caigan ¡caerán cinco de ellos!”. Dos semanas después, el noble Lonardi, en inferioridad militar, pero con superioridad moral, terminó con el clima de locura colectiva. El general triunfante fue magnánimo con su ”Ni vencedores ni vencidos”, lo que no fue entendido por la mezquindad del grupo que lo desplazó el l3 de noviembre. Estos jacobinos fueron responsables de un revanchismo inicuo, que contribuyó grandemente a la aparición de la guerrilla peronista, ya infiltrada por el “entrismo” castrista.

Casi veinte años después, luego de la tragedia de Ezeiza, Perón  demostró que había aprendido la lección y llamó a la unidad nacional. Pero los Montoneros y el ERP eligieron, con soberbia que les costó la derrota militar, el camino de las armas, desatando la guerra revolucionaria, que hoy a designio se niega, contra la verdad más evidente.

Yo no sé si estas líneas serán leídas por el señor K, llevadas por la mano de algún personaje servicial. Me parece difícil porque al sujeto en cuestión, en razón de su desequilibrio interior, no le interesan las enseñanzas que deja la vida. Es más: cree que la Historia (con la mayúscula que les gusta a los” progres”) ha empezado con él. Seguirá  gobernando - el gerundio es generoso - con su ”troupe” de vivillos y de  peligrosos resentidos, valiéndose impunemente de los impuestos que todos pagamos, para adormecer  a las conciencias. Pero no tendrá donde cobijarse cuando le llegue el final, que se adelantará, a pesar de su reelección. Ningún país soporta mucho tiempo a tipos de esta laya.

 

A.P

 

(Se agradecen cadenas de oración, para que surjan opositores en serio, capaces de librarnos de esta lacra)