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Mesura y desmesura en la educación. |
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Contemplemos un momento lo que es el mundo de cultura que nos envuelve. La cultura es, ante todo, una cultura científica. Las realizaciones superan, absorben y devoran a la realidad primaria que es la vida humana. La ciencia moderna es hipertrófica, asfixiante, contradictoria; por un lado, inunda de esperanzas la vida de la humanidad, como si fuese a lograr una edad más feliz; por otro lanza continuas bocanadas de angustia, desesperación, nihilismo. ¿Qué deben aprender nuestros hijos? La historia ya no es la historia patria, sino la inagotable historia del mundo. Pero no es esto sólo: la verdad histórica se ha relativizado. Cierto es que la técnica del estudio de la historia ha progresado. Cuando se lee cualquier trabajo, por ejemplo, dedicado a descifrar e interpretar un papiro encontrado en una cueva del Medio Oriente o un códice medieval, se queda uno asombrado de la intrepidez y agudeza de la mente humana; pero, por otra parte, cuando ahora mismo viviendo en Viena, sabemos tan poco de lo que realmente ocurre en Budapest, queda uno también atónito ante los límites del humano conocer. Lo mismo podríamos decir del campo de la física, de la biología y hasta de las matemáticas.
A nuestros niños se les ofrece un bosque de conocimientos que les asfixia y que les impide ver la luz. Los directores de centros pedagógicos no saben cómo lograr una distribución de temarios y materias que no suponga que el niño tenga clase no ya de sol a sol, sino de media noche a media noche. Y, hecho curioso: cuando uno recibe a tales muchachos en la universidad tiene la impresión de que son más incultos de lo que eran los de nuestra generación. ¿Errores de perspectiva? ¡Qué hondo problema esconde su cabeza en esta vulgar observación!
La realidad es, por lo menos tal como yo la veo, la siguiente: la adolescencia y juventud actuales se hallan sometidas a un bombardeo científico y técnico que no conduce a la formación de su inteligencia y de su personalidad, sino más bien a su desintegración. Es necesario que hagamos el gigantesco esfuerzo de cambiar radicalmente los métodos pedagógicos. Lo esencial no es enseñar unos cuantos conocimientos, por cuantiosos que sean. Toda verdad parcial es un error. Lo radical, lo primario, es enseñar a buscar la verdad. El fin de la vida intelectual del hombre no es conocer, sino saber. Los conocimientos no deben ser sino instrumentos para lograr la sabiduría. Y ¿cuál es el saber radical que buscamos? El saber del hombre sobre sí mismo, la verdad de su fin y de su destino. El saber es siempre una forma de religiosidad.
Juan José López Ibor: Discurso a los universitarios españoles, Rialp, Madrid, 1964, (páginas 199/201) |