| La Plaga Progresista. |
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Una de las características más nocivas de la progresía local es su frenesí legisferante que, originado en el morbo ideológico, intenta desfigurar a la Argentina tradicional. Esto se propuso el socialismo de Felipe González ,al punto que uno de sus principales secuaces, Alfonso Guerra, confesó sin tapujos: ”Llegará el día en que a España no la reconozca ni la madre que la parió”. Va de suyo que todos los proyectos cocinados en ese caldo enfermizo de ”los derechos humanos” distan años luz de la vida real y de las elementales y urgentes necesidades de la comunidad. En el campo del derecho penal, el abolicionismo alimentado por una runfla de leguleyos resentidos, pretende encontrar justificación en considerar a la sociedad y las desigualdades naturales que en ella existen, como la principales causantes de los crímenes, intentando, a su vez, justificar al delincuente que comete sus fechorías, usando de su total libertad y sin necesidad alguna de presión exterior. Esos burros diplomados, con Doctorados y Maestrías obtenidos a la marchanta, carecen del más mínimo sentido común e ignoran-con ignorancia culpable-el principio que los más humildes saben de memoria: el hombre debe hacer el bien y evitar el mal. La fuente de estos hodiernos desvaríos no es fresca, sino bien rancia, y sus efluvios hay que buscarlos en los escritos del gran macaneador ginebrino Juan Jacobo Rousseau, que proclamaba la absoluta bondad humana, estado que se perdía cuando se convivía socialmente. Estos delirios, que despiertan rechazo en cualquier inteligencia avisada, son tenidos por excelsos en los mundillos culturosos alimentados por ese hábil subversivo de café que es Pepe Nun. No debe descartarse, obviamente, que exista en estos rábulas, cierta dosis de odio contra los valores, que, mal que mal, estuvieron vigentes hasta hace unos veinte años, y que ayudaron a conformar un país bastante sano, en comparación con el resto del mundo occidental. Podría ser el caso de algún putillo encaramado en la Justicia, que hace gala de su abyecta condición. A más del odio, en algunos casos interviene la codicia, como sucede con cierto Ministro de Seguridad de lechoncíaco aspecto, que aprovecha la función para aumentar la facturación de su bufete. Los recientes episodios de Moreno son la muestra cabal de lo que ha conseguido todo este frenesí reformista y abolicionista: la ausencia del Estado y de lo que deberían ser dos de sus más firmes sostenes, la Justicia y la Policía. Allí la venganza privada los sustituyó y un ladronzuelo que debería estar preso, halló horrendo final a sus correrías, con el beneplácito de los vecinos del más que modesto barrio. De la mano de los ideólogos, la Argentina se desliza a los estadios más primitivos de la historia, corriendo el riesgo de la disolución. En el ínterin, el Pingüino de Rapiña sigue llenando la hucha… |