Espichó Eduardo Luis Duhalde (a) “Comandante Damián”, ex abogado de terroristas, que alternaba sus tareas profesionales, instigándolos a cometer asesinatos y atentado. No sentí alegría, pero sí un profundo alivio.
Prometió “portarse bien”, y consiguió que Menem, después de los indultos, le tirase un hueso en 1990, nombrándolo camarista penal. Aceptó más rápido que volando. También se bancó los indultos de Duhalde y de la Rúa, bien repantigado en su sillón y cobrando sus buenos pesitos.
Hasta que en 2003, como funcionario del finado Usurero Serial, dió rienda suelta a sus más bajos instintos de venganza contra quienes había derrotado a su proyecto marxista-leninista.
Es decir, que pasó trece años sin decir esta boca es mía.
El cínico se fue al otro mundo, entre los ayes del cangrejal ladri-progresista.
Como cualquier mortal, pagará por sus pecados.
Pero al fin de cuentas lo juzgará Dios -en quien él no creía- que es más bueno que nosotros. Después de todo algo de humanidad conservaba: su marcadísima inclinación al beberaje. Y por eso nadie le puede tirar la primera botella.

