La ciudad católica medieval —decimos medieval porque puede haber una ciudad católica de otro signo histórico, como la que esperamos se realice en período próximo— señala un punto culminante de la cultura humana. Un punto culminante porque en ella se alcanza en lo esencial la perfección a que puede llegar el espíritu humano. Y en esto señalamos el criterio que nos debe guiar en la apreciación de las culturas.
Una cultura no es más que “el hombre manifestándose”, Una cultura será tanto más rica cuanto más ricas sean las manifestaciones del hombre. El valor de esas manifestaciones se debe ponderar de acuerdo a su contenido de realidad. La Realidad subsistente es Dios, de quien deriva todo bien y de quien todo bien finito no es sino participación. De aquí que una cultura será tanto más rica cuanto más divinas, cuanto más cercanas a Dios sean las manifestaciones del hombre.
El hombre, que es un conflicto de potencia pura y acto puro, puede realizar culturas tan diversas como la divina de la Edad Media y la diabólica de la Rusia comunista.
El hombre es un conflicto de potencia pura y de acto puro, hemos dicho. Es potencia pura porque, como explican Aristóteles y Santo Tomás, el entendimiento humano está en potencia con respecto a todos los inteligibles, y por ello el hombre al principio es como una tabla rasa, en la cual no hay nada escrito. Es acto puro porque, gracias a la actividad del entendimiento agente, puede actualizarse todo inteligible. Puede elevarse, pues, desde la realidad más ínfima hasta Dios por participación, o puede contentarse con ser sólo hombre, como acaeció en el racionalismo de la edad clásica, o puede convertirse en animal, como sucede en el hombre del siglo XIX, o puede ser simplemente “cosa”, como se empeña en convertirlo la dictadura proletaria.
En el hombre, conflicto de potencia pura y de acto puro, coexisten, desde la redención, cuatro formalidades fundamentales que explican las cuatro etapas posibles de un ciclo cultural.
En efecto, el hombre es algo, es una cosa.
El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.
El hombre es hombre, es un ser racional que se guía por el bien honesto.
Y por encima de estas tres formalidades, el hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida en comunidad con Dios.
Existen, pues, en el hombre, cuatro formalidades esenciales:
La formalidad sobrenatural o divina.
La formalidad humana o racional.
La formalidad animal o sensitiva.
La formalidad de realidad o de cosa.
En un hombre normalmente constituido (digamos también en una cultura normal), estas cuatro formalidades deben estar articuladas en un ordenamiento jerárquico que asegure su unidad de dinamismo.
Y así el hombre es algo para sentir como animal; siente como animal para razonar y entender como hombre; razona y entiende como hombre, para amar a Dios como dios. O sea: la formalidad de realidad que hay en él debe estar subordinada a su función de animal; la de animal, a su función de hombre; la de hombre, a la sobrenatural. Lo cual se comprueba aun en el campo experimental por el hecho de que los procesos físico-químicos del hombre están al servicio de las funciones vegetativas; ésta al servicio del funcionamiento normal de los sentidos; la vida sensitiva asegura, a su vez, la adquisición de las ideas y la vida psicológica superior, con todo el ordenamiento económico, político y moral, que no es más que un medio para que el hombre se ponga en comunicación con su Creador. Por esto, profundamente ha podido escribir Santo Tomás de Aquino que todos los oficios humanos parecen servir a los que contemplan la Verdad.
En otras palabras: la mística, la contemplación infusa de los santos, que no es sino el ejercicio más alto de la santidad, es el destino más elevado de todo hombre; y así como no puede haber hombre más humano que el santo, no puede haber cultura más cultural (de mayor densidad cultural) qué aquella que esté bajo el signo de la santidad, como lo estuvo —dentro de la inevitable imperfección de lo terrestre— la cultura medieval.
Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre son proyectadas socialmente, se tienen cuatro funciones bien caracterizadas:
a la. formalidad de cosa responde la función económica de ejecución —trabajo manual—, que cumple el obrero en un oficio particular;
a la formalidad de animal corresponde la función económica de dirección —capital—, que cumple la burguesía en la producción de bienes materiales;
a la formalidad de hombre corresponde la función política—aristocracia, gobierno de los mejores en su sentido etimológico—, que cumple el
político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres;
a la formalidad sobrenatural corresponde la. función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombres a Dios.
(El Comunismo en la Revolución Anticristiana,Theoría,Buenos Aires,1961,pp.24-28)