JULIO MEINVIELLE: La Ciudad Católica y las cuatro dimensiones del hombre

La ciudad católica medieval —decimos medie­val porque puede haber una ciudad católica de otro signo histórico, como la que esperamos se rea­lice en período próximo— señala un punto culmi­nante de la cultura humana. Un punto culminan­te porque en ella se alcanza en lo esencial la perfección a que puede llegar el espíritu humano. Y en esto señalamos el criterio que nos debe guiar en la apreciación de las culturas.

Una cultura no es más que “el hombre mani­festándose”, Una cultura será tanto más rica cuan­to más ricas sean las manifestaciones del hombre. El valor de esas manifestaciones se debe ponderar de acuerdo a su contenido de realidad. La Reali­dad subsistente es Dios, de quien deriva todo bien y de quien todo bien finito no es sino participa­ción. De aquí que una cultura será tanto más rica cuanto más divinas, cuanto más cercanas a Dios sean las manifestaciones del hombre.

El hombre, que es un conflicto de potencia pu­ra y acto puro, puede realizar culturas tan diver­sas como la divina de la Edad Media y la diabó­lica de la Rusia comunista.

El hombre es un conflicto de potencia pura y de acto puro, hemos dicho. Es potencia pura por­que, como explican Aristóteles y Santo Tomás, el entendimiento humano está en potencia con res­pecto a todos los inteligibles, y por ello el hombre al principio es como una tabla rasa, en la cual no hay nada escrito. Es acto puro porque, gracias a la actividad del entendimiento agente, puede ac­tualizarse todo inteligible. Puede elevarse, pues, desde la realidad más ínfima hasta Dios por par­ticipación, o puede contentarse con ser sólo hom­bre, como acaeció en el racionalismo de la edad clásica, o puede convertirse en animal, como su­cede en el hombre del siglo XIX, o puede ser sim­plemente “cosa”, como se empeña en convertirlo la dictadura proletaria.

En el hombre, conflicto de potencia pura y de acto puro, coexisten, desde la redención, cuatro formalidades fundamentales que explican las cua­tro etapas posibles de un ciclo cultural.

En efecto, el hombre es algo, es una cosa.

El hombre es animal, es un ser sensible, que sigue el bien deleitable.

El hombre es hombre, es un ser racional que se guía por el bien honesto.

Y por encima de estas tres formalidades, el hombre, participando de la esencia divina, está llamado a la vida en comunidad con Dios.

Existen, pues, en el hombre, cuatro formalida­des esenciales:

La formalidad sobrenatural o divina.

La formalidad humana o racional.

La formalidad animal o sensitiva.

La formalidad de realidad o de cosa.

En un hombre normalmente constituido (diga­mos también en una cultura normal), estas cua­tro formalidades deben estar articuladas en un or­denamiento jerárquico que asegure su unidad de dinamismo.

Y así el hombre es algo para sentir como ani­mal; siente como animal para razonar y entender como hombre; razona y entiende como hombre, para amar a Dios como dios. O sea: la formalidad de realidad que hay en él debe estar subordinada a su función de animal; la de animal, a su fun­ción de hombre; la de hombre, a la sobrenatural. Lo cual se comprueba aun en el campo experimental por el hecho de que los procesos físico-químicos del hombre están al servicio de las fun­ciones vegetativas; ésta al servicio del funciona­miento normal de los sentidos; la vida sensitiva asegura, a su vez, la adquisición de las ideas y la vida psicológica superior, con todo el ordenamien­to económico, político y moral, que no es más que un medio para que el hombre se ponga en comu­nicación con su Creador. Por esto, profundamente ha podido escribir Santo Tomás de Aquino que todos los oficios humanos parecen servir a los que contemplan la Verdad.

En otras palabras: la mística, la contempla­ción infusa de los santos, que no es sino el ejer­cicio más alto de la santidad, es el destino más elevado de todo hombre; y así como no puede ha­ber hombre más humano que el santo, no puede haber cultura más cultural (de mayor densidad cultural) qué aquella que esté bajo el signo de la santidad, como lo estuvo —dentro de la inevitable imperfección de lo terrestre— la cultura medieval.

Si estas cuatro formalidades que constituyen al hombre son proyectadas socialmente, se tienen cuatro funciones bien caracterizadas:

a la. formalidad de cosa responde la función económica de ejecución trabajo manual—, que cumple el obrero en un oficio particular;

a la formalidad de animal corresponde la fun­ción económica de dirección —capital, que cum­ple la burguesía en la producción de bienes ma­teriales;

a la formalidad de hombre corresponde la fun­ción política—aristocracia, gobierno de los mejo­res en su sentido etimológico—, que cumple el

político en la conducción de una vida virtuosa de los demás hombres;

a la formalidad sobrenatural corresponde la. función religiosa del sacerdocio, que se ocupa de conducir los hombres a Dios.

(El Comunismo en la Revolución Anticristiana,Theoría,Buenos Aires,1961,pp.24-28)

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