
1) Ninguna de las persecuciones sufridas por la Iglesia durante su bimilenaria existencia se puede comparar a la actual, de alcance planetario, y que ya no atañe a las cuestiones dogmáticas, sino que también abarca los más delicados aspectos morales, que hasta hace poco años estaban fuera de discusión.
2) Sangrientas como fueron, las persecuciones del Imperio romano tuvieron un final donde la Divina Providencia jugó sus cartas de manera especialísima: los feroces enemigos de ayer fueron conquistados espiritualmente y se convirtieron en brazo protector de esa pequeña “secta” que tenía por caudillo a un “delincuente” crucificado.¡ Honor al blanco ejército de los mártires!.Así nació el Sacro Imperio cuya benéfica existencia se prolongó hasta la Revolución Francesa, bien entendido que esto se afirma en términos generales.
3) No obstante el odio masónico que los impulsaba, los jacobinos de 1789 no pudieron derrotar a la Iglesia –¡honor a los heroicos chuanes de la Vendée!- y la empresa satánica quedó trunca, gracias a Papas, obispos y fieles que todavía creían, dando batalla en todos los campos donde el Maligno y sus secuaces pretendían avanzar. Sin ir más lejos, baste recordar que en 1959-hace apenas 60 años- el Episcopado argentino no titubeó para condenar a la masonería, hecho que hoy parece absolutamente extraño e impropio.
4) Pero tuvo que llegar el Vaticano II -amañado previamente por los modernistas “dormidos” hasta la muerte de Pío XII-para que la resistencia de la Iglesia frente al enemigo se debilitase progresivamente, cesando casi por completo. Ahora, se nos dijo, era el tiempo del “diálogo”,palabra talismán que no debe dejar de emplearse, para gozar de la aceptación mundana.
Sobre el punto, recomiendo la lectura del capítulo XVI del decisivo libro de Romano Amerio ,Iota unum, obra que los católicos profesionales no han leído o que si lo hicieron, nunca la traen a colación.(uno de esos tristes personajes me dijo que la estaba leyendo, pero luego hizo mutis por el foro).
5) Enfrascada en tan insensatos menesteres con herejes, cismáticos, infieles y apóstatas, la Iglesia ya no enseña: tan sólo “dialoga”, apartándose deliberadamente de la misión que su Divino Fundador le asignó. Ya no defiende más la Verdad, perdida entre las “verdades” que “subsisten” en las falsas religiones.
6) Esta renuncia es la causa primera y principal de la liquidación de lo que antes se conocía por “Occidente cristiano” y si esto no se entiende, la batalla no tiene mayor sentido. Es lo que decía el viejo Clausewitz: antes de emprender la guerra ,se debe saber de qué guerra se trata. De nada sirven entonces, por poner un ejemplo, las declaraciones contra el aborto, si ellas no ponen énfasis en que es un crimen abominable ante los ojos de Dios, y no una trasgresión a un “derecho humano fundamental”, usando el lenguaje del enemigo, primer síntoma de defección interior.
7) Por cierto que el non praevalebunt asegura la victoria final, pero esto no debe conducir a la pereza y a la inacción, porque de ambas seremos examinados “al final de la tarde”. Hay que combatir aquí y ahora, no dejándose arrastrar por los cantos de sirena del Vaticano II.
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